sábado, 14 de abril de 2012

LA IMPORTANCIA DE FALLAR

LA IMPORTANCIA DE FALLAR

“Debemos enseñar que no es una deshonra fallar y que se debe aprender a fallar inteligentemente, ya que fallar es el arte más grande del mundo.”

Charles Kettering


Fallo de Remedios Cervantes



Lo más absurdo y estúpido es que nos prohíban fallar. Que fallar y equivocarse provoquen burlas, subestimación, choteo y malestar para el que cometió el yerro. Porque ¿habrá algo más inteligente e importante?

Fallar es un signo de que hubo una acción. Y sólo la acción cambia el mundo.

Sin embargo, vivimos en una sociedad que lapida el fallo, en vez de estimularlo. De ahí tantos paralíticos mentales, presos en su miedo a intentar lo que sea, “por temor a fallar”. Y quien teme fallar, teme aprender.

Nadie mejor para ser citado en este aspecto que Charles Kettering, el inventor estadounidense al que debemos, entre tantos inventos (acumuló 140 patentes en su haber), el motor de arranque.

Y eso, para no recurrir a la famosísima frase de otro héroe mío, Thomas Alva Edison, célebre por su persistencia en intentar, fallar, corregir y volver a intentar, cuando sentenció: “No he fallado 5,000 veces sino que he encontrado 5,000 maneras diferentes de no hacer una bombilla incandescente, y cada una de ellas fue un pequeño paso hacia delante”.

Cuando Erasmo escribió su Elogio de la Necedad de seguro que tuvo en cuenta esta renuencia a fallar que es típica del fracasado. Perseguir el éxito en lo que sea es exponerse una y otra vez al fallo, al error, al fracaso, pues la escalera del éxito está formada por peldaños de fracasos que nos llevan a él. Y no hay otro camino.

Cometer errores es inteligente. Fallar es de genios. Equivocarse sólo lo hacen los más listos. Los demás andan paralizados por sus miedos, repitiendo rutinas inútiles por no exponerse a intentar algo nuevo y distinto. Han sido adiestrados para fallar en sus vidas por su miedo a fallar.

Ya el especialista en finanzas personales Robert Kiyosaki, a quien suelo citar por lo tanto que he aprendido de él, explicó: “Todos sabemos que aprendemos al cometer errores, sin embargo en nuestro sistema escolarizado castigamos a la gente que comete demasiados errores.”

O en palabras de la narradora brasileña Clarice Lispector: “Únicamente cuando me equivoco salgo de lo que conozco y entiendo. Si la "verdad" fuese aquello que puedo entender, terminaría siendo tan sólo una verdad pequeña, de mi tamaño.”

¿POR QUÉ NOS AVERGÜENZA FALLAR?

Fallar en prepararse es prepararse para fallar, reza un dicho sobre el tema.

El perfeccionismo, que es una plaga, busca pegarla al primer tiro, niega la progresión, el proceso. Y es una fuente continua de frustración y dolor.

Errar no es de humanos, es más aún, es propio de personas que aprenden. A quien le molesta fallar, le avergüenza aprender.

John C. Maxwell, la mayor autoridad mundial en el tema de liderazgo, tiene un libro fundamental sobre el tema: El Lado Positivo del Fracaso. Allí escribe: “La diferencia entre la gente mediocre y la gente de éxito es su percepción de y su reacción al fracaso.”

El aceptar el fracaso, fallar, equivocarse, el error como parte consustancial e importante, valiosa e indispensable, del proceso de aprendizaje reduce a niveles aceptables, manejables y correctos el estrés que siempre genera no alcanzar el resultado propuesto.

Entendemos que nos quedamos cortos, aprendemos de nuestra práctica, hacemos correcciones y volvemos de nuevo a intentarlo.

Cada error nos mejora. Nos pule. Nos hace más sabios.

Como Henry Ford, aquel extraordinario inventor y empresario norteamericano, sentenció con mucho tino: “El fracaso es una gran oportunidad para empezar otra vez con más inteligencia.”

El creer vanamente que las cosas tienen que salirnos bien desde el comienzo, que no podemos fallar, que acertar es una medida de nuestra inteligencia (cuando la verdadera medida de nuestra inteligencia es intentarlo, aprender del fallo y reintentarlo una y otra vez), es lo que nos lleva a avergonzarnos de fallar.

De hecho, en el mundo hay menos fracasados que personas que desistieron de volver a intentarlo, aprovechando la experiencia y el saber adquiridos al fallar.

Fue el mismísimo Henry Ford que lo constató al señalar: “Los que renuncian son más numerosos que los que fracasan.”

Y esa renuncia es una demostración de egolatría, de vanidad, de soberbia. Si otros fallan, yerran, se equivocan y fracasan, eso también nos tocará a nosotros, pues es parte de la construcción de la experiencia y el saber humanos. No hay otro camino.

El escritor inglés Charles Dickens lo comprobó al escribir: “Cada fracaso le enseña al hombre algo que necesitaba aprender.”

De ahí que un signo de real inteligencia sea la persistencia, el perseverar en nuestra meta.

Ya el presidente norteamericano Calvin Coolidge escribió unas palabras sobre la persistencia que merecen ser enseñadas una y otra vez a las personas, porque reflejan la construcción de un carácter destinado al éxito: “Nada en el mundo puede tomar el lugar de la persistencia. El talento no puede, nada es más común que hombres fracasados con talento. El genio tampoco, el genio sin premio es casi un proverbio. La educación menos, el mundo está lleno de negligentes educados. La persistencia y la determinación son omnipotentes.”

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