“Debemos
enseñar que no es una deshonra fallar y que se debe aprender a fallar
inteligentemente, ya que fallar es el arte más grande del
mundo.”
Charles
Kettering
Fallo de Remedios Cervantes
Lo más absurdo y estúpido es que nos
prohíban fallar. Que fallar y equivocarse provoquen burlas, subestimación,
choteo y malestar para el que cometió el yerro. Porque ¿habrá algo más
inteligente e importante?
Fallar es un signo de que hubo una
acción. Y sólo la acción cambia el mundo.
Sin embargo, vivimos en una sociedad
que lapida el fallo, en vez de estimularlo. De ahí tantos paralíticos mentales,
presos en su miedo a intentar lo que sea, “por temor a fallar”. Y quien
teme fallar, teme aprender.
Nadie mejor para ser citado en este
aspecto que Charles Kettering, el inventor estadounidense al que debemos, entre
tantos inventos (acumuló 140 patentes en su haber), el motor de
arranque.
Y eso, para no recurrir a la
famosísima frase de otro héroe mío, Thomas Alva Edison, célebre por su
persistencia en intentar, fallar, corregir y volver a intentar, cuando
sentenció: “No he fallado 5,000 veces sino que he encontrado 5,000 maneras
diferentes de no hacer una bombilla incandescente, y cada una de ellas fue un
pequeño paso hacia delante”.
Cuando Erasmo escribió su
Elogio de la Necedad de seguro que tuvo en cuenta esta renuencia a
fallar que es típica del fracasado. Perseguir el éxito en lo que sea es
exponerse una y otra vez al fallo, al error, al fracaso, pues la escalera del
éxito está formada por peldaños de fracasos que nos llevan a él. Y no hay otro
camino.
Cometer errores es inteligente.
Fallar es de genios. Equivocarse sólo lo hacen los más listos. Los demás andan
paralizados por sus miedos, repitiendo rutinas inútiles por no exponerse a
intentar algo nuevo y distinto. Han sido adiestrados para fallar en sus vidas
por su miedo a fallar.
Ya el especialista en finanzas
personales Robert Kiyosaki, a quien suelo citar por lo tanto que he aprendido de
él, explicó: “Todos sabemos que aprendemos al cometer errores, sin embargo en
nuestro sistema escolarizado castigamos a la gente que comete demasiados
errores.”
O en palabras de la narradora
brasileña Clarice Lispector: “Únicamente cuando me equivoco salgo de lo que
conozco y entiendo. Si la "verdad" fuese aquello que puedo entender, terminaría
siendo tan sólo una verdad pequeña, de mi tamaño.”
¿POR QUÉ NOS AVERGÜENZA
FALLAR?
Fallar en prepararse es prepararse
para fallar, reza un dicho sobre el tema.
El perfeccionismo, que es una plaga,
busca pegarla al primer tiro, niega la progresión, el proceso. Y es una fuente
continua de frustración y dolor.
Errar no es de humanos, es más aún,
es propio de personas que aprenden. A quien le molesta fallar, le avergüenza
aprender.
John C. Maxwell, la mayor autoridad
mundial en el tema de liderazgo, tiene un libro fundamental sobre el tema: El
Lado Positivo del Fracaso. Allí escribe: “La diferencia entre la gente
mediocre y la gente de éxito es su percepción de y su reacción al
fracaso.”
El aceptar el fracaso, fallar,
equivocarse, el error como parte consustancial e importante, valiosa e
indispensable, del proceso de aprendizaje reduce a niveles aceptables,
manejables y correctos el estrés que siempre genera no alcanzar el resultado
propuesto.
Entendemos que nos quedamos cortos,
aprendemos de nuestra práctica, hacemos correcciones y volvemos de nuevo a
intentarlo.
Cada error nos mejora. Nos pule. Nos
hace más sabios.
Como Henry Ford, aquel extraordinario
inventor y empresario norteamericano, sentenció con mucho tino: “El fracaso
es una gran oportunidad para empezar otra vez con más
inteligencia.”
El creer vanamente que las cosas
tienen que salirnos bien desde el comienzo, que no podemos fallar, que acertar
es una medida de nuestra inteligencia (cuando la verdadera medida de nuestra
inteligencia es intentarlo, aprender del fallo y reintentarlo una y otra vez),
es lo que nos lleva a avergonzarnos de fallar.
De hecho, en el mundo hay menos
fracasados que personas que desistieron de volver a intentarlo, aprovechando la
experiencia y el saber adquiridos al fallar.
Fue el mismísimo Henry Ford que lo
constató al señalar: “Los que renuncian son más numerosos que los que
fracasan.”
Y esa renuncia es una demostración de
egolatría, de vanidad, de soberbia. Si otros fallan, yerran, se equivocan y
fracasan, eso también nos tocará a nosotros, pues es parte de la construcción de
la experiencia y el saber humanos. No hay otro camino.
El escritor inglés Charles Dickens lo
comprobó al escribir: “Cada fracaso le enseña al hombre algo que necesitaba
aprender.”
De ahí que un signo de real
inteligencia sea la persistencia, el perseverar en nuestra
meta.
Ya el presidente norteamericano
Calvin Coolidge escribió unas palabras sobre la persistencia que merecen ser
enseñadas una y otra vez a las personas, porque reflejan la construcción de un
carácter destinado al éxito: “Nada en el mundo puede tomar el lugar de la
persistencia. El talento no puede, nada es más común que hombres fracasados con
talento. El genio tampoco, el genio sin premio es casi un proverbio. La
educación menos, el mundo está lleno de negligentes educados. La persistencia y
la determinación son omnipotentes.”
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